24/4/09

Ejercicios de Comprensión Lectora

Lee el siguiente texto y luego responde a las preguntas del final ^^



LA SUBIDA AL CIELO

La señora Foster había sufrido toda su vida un miedo casi patológico a perder trenes, aviones, barcos, y hasta telones, en los teatros. Aunque en otros aspectos no era una mujer particularmente nerviosa, la sola idea de llegar con retraso en ocasiones como las enumeradas la ponía en un estado de excitación tal que le daban espasmos. No era cosa de mucha importancia: un pequeño músculo que se le agarrotaba en la esquina del ojo izquierdo, como un guiño secreto.
Es realmente extraordinario el que un temor suscitado por algo tan simple como perder un tren pueda, en ciertas personas, convertirse en una seria obsesión. Media hora antes, como mínimo, de que se hiciese necesario partir hacia la estación, la señora Foster salía del ascensor lista para marchar, con el sombrero y el abrigo puestos, y a continuación, de todo punto incapaz de sentarse, comenzaba a trajinar y agitarse de habitación en habitación, hasta que su marido, que no podía ignorar el estado en que se encontraba, emergía por fin de sus aposentos y en tono seco, desapasionado, señalaba que tal vez fuera hora de ponerse en marcha, ¿no?
Es posible que el señor Foster estuviese en su derecho de irritarse ante esa simpleza de su esposa; lo que resultaba inexcusable era que acrecentase su desazón haciéndola esperar sin necesidad. Cosa que, ¡cuidado!, ni siquiera se hubiera podido demostrar. Y si algo le constaba, es que ella no se habría atrevido por nada del mundo a levantar la voz y pedirle que se apresurase: la tenía demasiado bien disciplinada para eso. Una o dos veces, en los últimos años de su vida de casados, casi había parecido que deseara perder el tren, con el único fin de intensificar el sufrimiento de la infeliz.
Supuesta la culpabilidad del marido (que tampoco puede darse por cierta), lo que hacía doblemente irrazonable su actitud era el hecho de que, exceptuada esa pequeña flaqueza incorregible, la señora Foster era y había sido en todo momento una esposa bondadosa y amante que por espacio de más de treinta años le había servido con competencia y lealtad. Pero, por mucho que llevase años rechazando la idea de que el señor Foster quisiera atormentarla deliberadamente, a veces, en los últimos tiempos, habíase sorprendido a sí misma en el umbral de la sospecha.
El señor Eugene Foster, que frisaba los setenta años, vivía con su esposa en Nueva York, en la Calle Sesenta y Dos Este, en una casona de seis plantas atendida por cuatro sirvientes. El lugar era sombrío y recibían pocas visitas. Ello no obstante, la casa había cobrado vida aquella particular mañana de enero y el trajín era mucho.
— ¿Qué hora es, Walker? —preguntó al mayordomo al cruzarse con él.
—Las nueve y diez, señora.
— ¿Ha llegado ya el coche?
—Sí, señora, está esperando.
—Se tarda una hora en llegar a Idlewild —dijo ella—. Mi avión despega a las once. Y debo estar allí con media hora de antelación, para los trámites. Llegaré tarde. Sé que llegaré tarde.
—Creo que tiene tiempo de sobras, señora —dijo con amabilidad el mayordomo—. Ya he señalado al señor Foster que habían de marchar a las nueve y cuarto. Aún quedan cinco minutos.
—Sí, Walker, ya lo sé, ya lo sé.
Aquél, se decía una y otra vez, era el único avión que no podía perder. Le había costado meses persuadir a su marido de que la dejase marchar. Y lo peor era la insistencia de su marido de ir a dejarla al aeropuerto.
—Dios mío —exclamó en voz alta—, voy a perderlo. Lo sé, lo sé; sé que voy a perderlo.
El pequeño músculo situado junto al ojo izquierdo le daba ya unos tirones locos, y los ojos en sí los tenía al borde de las lágrimas.
— ¿Qué hora es, Walker?
—Las nueve y dieciocho, señora.
— ¡Ya es seguro que lo pierdo! —Lamentóse—. Oh, ¿por qué no aparecerá de una vez?
Era aquél un viaje importante para la señora Foster. Iba a París, sola, a visitar a su hija, su única hija, casada con un francés. La consumía el anhelo de ver a sus tres nietos, a quienes sólo conocía por fotografías. Por último, en fechas recientes, cada vez la asaltaba con mayor frecuencia el sentimiento de que no deseaba terminar sus días donde no pudiese estar cerca de sus niños. Sabía, a buen seguro, que en cierto modo no estaba bien, e incluso que era una deslealtad alentar pensamientos semejantes estando todavía vivo su esposo. Tampoco ignoraba que, él jamás consentiría en dejar Nueva York para instalarse en París. Ya era un milagro que se hubiese avenido a permitirle hacer sola el vuelo y pasar allí seis semanas de visita.
—Walker, ¿qué hora es?
—Y veintidós, señora.
Mientras eso decía, abrióse una puerta y en el zaguán apareció el señor Foster, que se detuvo a mirar con intensidad a su esposa.
—Bueno —dijo—, creo que no estará de más, si quieres alcanzar ese avión, que nos vayamos poniendo en marcha.
—Sí, cariño, sí. Todo está a punto. Y el coche, esperando.
—Perfecto —dijo él ladeando la cabeza y observándola con atención.
—Ahí tienes a Walker con tu abrigo, cariño. Póntelo.
—En seguida estaré contigo —replicó él—. Es sólo lavarme las manos.
Ella se quedó aguardando flanqueada por el alto mayordomo, portador del sombrero y abrigo.
— ¿Lo perderé, Walker?
—No, señora —respondió el mayordomo—. Creo que llegará perfectamente.
Luego reapareció el señor Foster y el mayordomo le ayudó a ponerse el abrigo. La señora Foster salió presurosa de la casa y montó en el Cadillac alquilado. Su esposo la siguió, pero bajando con lentitud la escalinata que llevaba a la calle y deteniéndose, todavía en los peldaños, para estudiar el cielo y olisquear el frío aire de la mañana.
—Parece un poco brumoso —observó conforme se acomodaba en el coche junto a ella—. Y allí, por el lado del aeropuerto, siempre empeora. No me sorprendería que ya hubiesen suspendido el vuelo.
—No digas eso, cariño, por favor.
—Ya me he puesto de acuerdo con el servicio —dijo el señor Foster—. Marcharán todos hoy. Les he liquidado seis semanas a razón de media paga, y a Walker le he dicho que cuando volvamos a necesitarlos le enviaré un telegrama.
—Sí —replicó ella—. Ya me lo ha contado.
—Yo me trasladaré al club esta noche. Alojarse allí será una novedad agradable.
—Sí, cariño. Y yo te escribiré.
Ella guardó silencio, las manos unidas y crispadas bajo la manta de viaje.
— ¿Me escribirás? —indagó.
—Ya veremos. Aunque lo dudo. Ya sabes que no soy de escribir cartas, como no tenga algo concreto que decir.
—Sí, ya lo sé, cariño. Entonces, no te molestes en hacerlo.
Seguían avanzando, ahora por el Queen's Boulevard, hasta que, al alcanzar las llanas marismas en que se asienta el aeropuerto de Idlewild, la niebla empezó a espesarse y el coche hubo de reducir la marcha.
— ¡Oh, Dios mío! —Exclamó la señora Foster—. Ahora sí que lo pierdo. ¡Estoy segura! ¿Qué hora es?
—Basta ya de alboroto —protestó el anciano—. Además, es en vano: ya tienen que haberlo suspendido.
—De todas formas —prosiguió el señor Foster—, te doy la razón: si por casualidad se efectuase el vuelo, ya lo tienes perdido. ¿Por qué no te -rindes a la evidencia?
De repente, el chofer paró el coche.
— ¡Ya está! —Exclamó el señor Foster—. Atascados. Ya lo sabía.
—No, señor —dijo el chofer al tiempo que volvía la cabeza—. Lo hemos conseguido. Estamos en el aeropuerto.
La señora Foster se apeó sin decir palabra y entró presurosa en el edificio por su puerta principal. La señora Foster se abrió paso como pudo y se dirigió al empleado.
—Sí, señora —dijo éste—. Su vuelo está aplazado hasta mañana a las 11 de la mañana.
La señora y el señor Foster volvieron a casa; la señora Foster entró a la cocina y empezó a cocinar cuando su esposo se acercó a ella.
—He encargado un coche. Para las nueve de la mañana.
—Oh, muchas gracias, cariño. Y espero que no vuelvas a tomarte la molestia de hacer todo ese viaje, para despedirme.
—No, no creo que lo haga —dijo él despacio—. Pero nada te impide dejarme, de paso, en el club.
—El club está en el centro —observó ella—: no queda camino del aeropuerto.
—Pero tienes tiempo de sobras, esposa mía. ¿O es que no quieres dejarme en el club?
—Oh, sí, claro que sí.
—Magnífico. Entonces, hasta mañana, a las nueve.
La señora Foster se encaminó a su alcoba, situada en el segundo piso, y' tan exhausta estaba tras aquella jornada, que se durmió apenas acostarse.
A la mañana siguiente, habiendo madrugado, antes de las ocho y media estaba ya en el zaguán, lista para marchar. Su marido apareció minutos después de las nueve.
— ¿Has hecho café? —preguntó a su esposa.
—No, cariño. Pensé que tomarías un buen desayuno en el club. El coche ya ha llegado y lleva un rato esperando. Yo estoy lista para marchar.
— ¿Y el equipaje?
—Lo tengo en el aeropuerto.
—Ah, sí. Claro está. Bien, si piensas dejarme primero en el club, mejor será que nos pongamos cuanto antes en camino, ¿no?
— ¡Sí! —exclamó ella—. ¡Oh, sí, por favor!
—Sólo el tiempo de coger unos cigarros. En seguida estoy contigo. Monta en el coche.
Ella dio media vuelta y salió al encuentro del chofer, que le abrió la puerta del coche al verla acercarse.
— ¿Qué hora es? —le preguntó la señora Foster.
—Alrededor de las nueve y cuarto.
El señor Foster salió de la casa cinco minutos más tarde... Como hiciera la víspera, se detuvo a medio camino, para olisquear el aire y estudiar el cielo. Aunque no había despejado por completo, un amago de sol perforaba la bruma.
—A lo mejor tienes suerte esta vez —comentó él conforme se instalaba a su lado en el coche.
—Dése prisa, por favor —dijo ella al chofer—Arranque, se lo ruego. Voy con retraso.
El conductor se acomodó frente al volante y puso en marcha el motor.
— ¡Un momento! —exclamó de pronto el señor Foster-Aguarde un instante, chofer, tenga la bondad.
— ¿Qué ocurre, cariño? —indagó ella según le observaba registrarse los bolsillos del abrigo.
—Tenía un pequeño regalo que darte, para Ellen. Vaya, ¿dónde diablos estará? Estoy seguro de que lo llevaba en la mano al bajar.
—No he visto que llevases nada. ¿Qué regalo era?
—Una cajita, envuelta en papel blanco. Ayer olvidé dártela y no quiero que hoy ocurra lo mismo.
— ¡Una cajita! —Exclamó la señora Foster—. ¡Yo no he visto ninguna cajita!
Y se puso a rebuscar con desespero en la parte trasera del coche.
—Maldita sea —dijo—, debo de haberla olvidado en el dormitorio. No tardo ni un minuto.
— ¡Oh, déjalo, por favor! —clamó ella—. ¡No tenemos tiempo! Puedes enviárselo por correo. Después de todo, no será más que una de esas dichosas peinetas, que es lo que siempre le regalas.
— ¿Y qué tienen de malo las peinetas, si puede saberse? —inquirió él, furioso de que, por una vez, su esposa hubiera perdido los estribos.
—Nada, cariño. ¿Qué van a tener de malo? Sólo que...
— ¡Quédate aquí! —le ordenó—. Voy a buscarla. El señor Foster bajó del auto y entró a la casa con la parsimonia que lo caracterizaba. La señora Foster se quedó en el asiento del auto sintiendo como el ojo iba a reventarle.
Ahí, de pronto, la señora Foster descubrió, trabado entre asiento y respaldo, en el lugar que había ocupado su esposo, el borde de un objeto blanco. Alargó la mano y tiró de él. Era una cajita envuelta en papel e insertada allí, observó a su pesar, honda y firmemente, como por intervención de una mano.
— ¡Aquí está! —exclamó—. ¡La he encontrado!
Salió presurosa del coche y presurosa subió la escalinata, la llave en una mano. Introdujo aquélla en la cerradura y, a punto de darle vuelta, se detuvo. Irguió la cabeza y así se quedó, totalmente inmóvil, toda ella suspendida justo en mitad de aquel precipitado acto de abrir y entrar, y esperó. Esperó cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez segundos. Viéndola plantada allí, la cabeza muy derecha, el cuerpo tan tenso, se hubiera dicho que acechaba la repetición de algún ruido percibido antes y procedente de un lejano lugar de la casa.
Sí: era indudable que estaba a la escucha. Toda su actitud era de escuchar. Parecía, incluso, que acercase más y más a la puerta la oreja. Pegada ésta ya a la madera, durante unos segundos siguió en aquella postura: la cabeza alta, el oído atento, la mano en la llave, a punto de abrir, pero sin hacerlo, intentado en cambio, o eso parecía, captar y analizar los sonidos que le llegaban, vagos, de aquel lejano lugar de la casa.
Luego, de golpe, como movida por un resorte, volvió a cobrar vida. Retirada la llave de la cerradura, descendió los peldaños a la carrera.
— ¡Es demasiado tarde! —Gritó al chofer—. No puedo esperarle. Imposible. Perdería el avión. ¡De prisa, de prisa, chofer! ¡Al aeropuerto!
Es posible que, de haberla observado con atención, el chofer hubiese advertido que, la cara totalmente blanca, toda su expresión había cambiado de repente.
— ¡Dése prisa, dése usted prisa!
— ¿No marcha su marido con usted? —preguntó el hombre, atónito.
— ¡Desde luego que no! Sólo iba a dejarlo en el club. Pero no importa. El lo comprenderá. Tomará un taxi. Pero no se me quede ahí, hablando, hombre de Dios. ¡En marcha! ¡Tengo que alcanzar el avión a París!
Acuciado por la señora Foster desde el asiento trasero, el hombre condujo de prisa todo el camino y ella consiguió tomar el avión con algunos minutos de margen. Al poco, sobrevolaba muy alto el Atlántico, cómodamente retrepada en su asiento, atenta al zumbido de los motores, y camino, por fin, de París. Imbuida aún de su nuevo talante, sentíase curiosamente fuerte y, en cierta extraña manera, maravillosamente.
Conoció a sus nietos, que en persona eran aún más adorables que en las fotografías...
Una vez por semana, los jueves, escribía a su marido una carta simpática, parlanchina, repleta de noticias y chismes, que invariablemente terminaba con el recordatorio de: «Y no olvides comer a tus horas, cariño, aunque me temo que, no estando yo presente, es fácil que dejes de hacerlo.»
Expiradas las seis semanas, todos veían con tristeza que hubiese de volver a América, y a su esposo. Todos, es decir, excepto ella misma, que no parecía, por sorprendente que ello fuera, tan contrariada como hubiera cabido esperar.
Con todo, y haciendo honor a su condición de esposa fiel, no se excedió en su ausencia. A las seis semanas justas de su llegada, y tras haber cablegrafiado a su esposo, tomó el avión a Nueva York.
A su llegada a Idlewild, la señora Foster advirtió con interés que no había ningún coche esperándola. Es posible que eso incluso la divirtiera un poco. Pero, sosegada en extremo, no se excedió en la propina al mozo que le había conseguido un taxi tras llevarle el equipaje.
En Nueva York hacía más frío que en París y las bocas de las alcantarillas mostraban pegotes de nieve sucia. Cuando el taxi se detuvo ante la casa de la Calle Sesenta y Dos, la señora Foster consiguió del chofer que le subiese los dos maletones a lo alto de la escalinata. Después de pagarle, llamó al timbre. Esperó, pero no hubo respuesta. Sólo por cerciorarse, volvió a llamar. Oyó el agudo tintineo que sonaba en la despensa, en la trasera de la casa. Nadie, sin embargo, acudió a la puerta.
En vista de ello, la señora Foster sacó su llave y abrió.
Lo primero que vio al entrar fue el correo amontonado en el suelo, donde había caído al ser echado al buzón. La casa estaba fría y oscura. El ambiente, pese al frío, tenía una peculiar pesadez, y en el aire flotaba un extraño olor dulzón como nunca antes lo había percibido.
Cruzó a paso vivo el zaguán y desapareció nuevamente por la esquina del fondo, a la izquierda. Había en esa acción algo a un tiempo deliberado y resuelto; tenía la señora Foster el aire de quien se dispone a investigar un rumor o confirmar una sospecha. Y cuando regresó, pasado unos segundos, su rostro lucía un pequeño viso de satisfacción.
Se detuvo en mitad del zaguán, como reflexionando qué hacer a continuación, y luego, súbitamente, dio media vuelta y se dirigió al estudio de su marido. Encima del escritorio encontró su libro de direcciones, y, tras un rato de rebuscar en él, levantó el auricular y marcó un número.
— ¿Oiga? —dijo—. Les llamo desde el número nueve de la Calle Sesenta y Dos Este... Sí, eso es. ¿Podrían enviarme un operario cuanto antes? Sí, parece haberse parado entre el segundo y el tercer piso. Al menos, eso señala el indicador... ¿En seguida? Oh, es usted muy amable. Es que, verá, no tengo las piernas como para subir tantas escaleras. Muchísimas gracias. Que usted lo pase bien.Y, después de colgar, se sentó ante el escritorio de su marido, a esperar paciente la llegada del hombre que en breve acudiría a reparar el ascensor.
Ahora resuelve!
Comprensión Lectora

1. Coloca en orden cronológico los siguientes enunciados:
( ) El señor Foster le pide a su esposa que lo deje en el club.
( ) La señora Foster llama al técnico de ascensores.
( ) El avión en el que iba la señora Foster aplaza su vuelo hasta el día siguiente.
( ) La señora Foster encuentra la peineta en el auto.( ) El señor Foster cree olvidar el regalo para su hija en el cuarto

1. Responde las siguientes preguntas:
a. ¿Qué te parece la actitud del señor Foster hacia su esposa? Justifica.
b. ¿Qué opinas de lo que hizo la señora Foster con su esposo? Justifica.
c. ¿Conoces algún caso de obsesión? Explica.


2. Crea un final alternativo para la historia partiendo del momento en que la señora Foster baja del auto a buscar a su esposo. Mínimo 8 líneas y teniendo en cuenta la ortografía, redacción y originalidad

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